¿La utopía desarmó?

Xavier del Vega

Jorge Castañeda se fijó en “La Utopía desarmada” (México, 1993) un objetivo del más ambicioso: hacer balance de un siglo de izquierda en América Latina y obtener las lecciones de sus victorias, de sus cambios de cabo, sus errores y sus tragedias. Se trata, al término de este largo viaje refo de un proyecto, reformular una estrategia, para que el viento de la transformación social pueda de nuevo soplar sobre las tierras latinoamericanas.

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El autor describe a grandes golpes de pincel la evolución de esta izquierda o más bien de estas izquierdas, de su nacimiento con los partidos comunistas y los regímenes populistas a la ruptura introducida por la revolución cubana; de la proliferación de grupos armados de influencia castriste a la segunda ola de los movimientos revolucionarios, la victoria de los sandinistas, los éxitos del FMLN y el M-19; la aparición finalmente de grandes movimientos socialdemócratas, llevados por la efervescencia de las organizaciones populares. Extenso retrospectiva, abastecida de una abundancia de informaciones y anécdotas, este libro es también una crónica de los entusiasmos, de las pasiones e ilusiones perdidas.

Al examinar los distintos componentes de esta izquierda polimorfa, Castañeda retira las características distintivas, tantos jalones que traducen la evolución de los pensamientos y estrategias. Es el caso, en particular, cuando describe la evolución de los movimientos armados. El autor describe las innovaciones estratégicas y las configuraciones sociopolíticas que debían conducir al éxito de algunos de los movimientos revolucionarios de la segunda ola.

Este libro de los cuales el título, a las primeras horas de 1994, repentinamente pareció cruelmente anacrónico, se está sin el conocimiento previsto contra la ironía fácil. La búsqueda de apoyos en las comunidades indígenas por el Ejército de guerrilla de los pobres (EGP) guatemalteco, el papel determinante de la Iglesia y la asociación de la lucha armada y la lucha pacífica para el FMLN, la constitución de redes diplomáticas, la búsqueda de apoyos en los países occidentales y las preocupaciones del M-19 colombiano de situar, por la exaltación de los símbolos patrióticos, su origen en la historia nacional: tantas características puestas en valor por Castañeda y que se encuentra en la estrategia del EZLN.

La hora no es sin embargo ya, para Castañeda, la de la lucha armada.

La socialdemocracia, el imperativo democrático, la prioridad de la vía electoral, la intervención renovada del Estado en la economía, constituyen en adelante el horizonte insuperable de los movimientos de izquierda latinoamericanos según Castañeda. Una socialdemocracia que sólo controló durante raros episodios en el subcontinente, e incluido el autor analiza con mucha finura las dificultades así como los dilemas.

Así pues, lo que Castañeda califica de dilemas principales de la izquierda latinoamericana: ¿necesita participar a menudo en elecciones outrageusement dirigidas por los regímenes existentes, o debe intentar conquistar el poder por otros medios? ¿¿Tiene interés en intentar lograr un consenso al precio de concesiones importantes o debe más bien seguir luchando por un cambio radical con el apoyo de una parte solamente de la población?

Pero ha tiempo, nos dice Castañeda, para esta izquierda, descendida de las montañas o surgiendo de los barrios , de hacer balance de sus últimos contratiempos, reconstituir estas fuerzas y abarcar un proyecto y una estrategia portadores de futuro ya que ayer, hoy o mañana, es inevitable.

El momento es tanto más conveniente cuanto que la izquierda dispone de apoyos sin precedentes en movimientos populares cada vez más organizados. Organizaciones autogestionarias celosas de su independencia y que se desconfían de las recuperaciones políticas él son indispensables, insisten Castañeda, para los partidos socialdemócratas de instaurar procesos democráticos en su seno y fin a sus tendencias centralizadoras. La izquierda debe con determinación colocar su lucha bajo la bandera de la democracia.

Se trata en primer lugar de construir un puente entre la democracia representativa y la “sociedad civil”, entre la “izquierda política” y la “izquierda social”. Este último debe, según el autor, “superar sus orígenes y sus formas de lucha essentiellements sociales para integrar la esfera política”. La democracia municipal, en el contexto de democratización en curso en América Latina, constituye el lugar privilegiado de esta unión.

El Imperativo Democrático

paz1Se trata por otra parte de optar de manera decisiva para la voz electoral, y de aceptar las normas que ellas que sean sus consecuencias. Castañeda expresa perfectamente la conclusión a la cual llegó una gran parte de la izquierda latinoamericana: es necesario superar la tradicional oposición entre “democracia política, garantizando las libertades individuales” versus “la extensión de la democracia a las esferas económica y sociales”, adoptando una tercera actitud. Luchar por reformas profundas de la propia esfera política constituye una etapa determinante para que la democracia pueda extenderse a los otros ámbitos de la sociedad. Es imprescindible obligar al Estado en su conjunto a dar cuentas. Se trata de un paso esencial para impulsar una verdadera reforma del Estado. Ésta no consiste en reducir o en aumentar las dimensiones de este último, ni necesariamente a retirarlo de algunas de sus actividades. Como se pudo verlo en México, las privatizaciones no tienen en ninguna manera puesta final a la corrupción ni a “ineficacia” que reinaban en las empresas públicas. Lo que está en juego es sobre todo político. Se trata de instaurar a un verdadero Estado de Derecho, estableciendo la independencia de los poderes legislativo y judicial, y de introducir así verdaderos mecanismos democráticos en los engranajes del Estado que permiten un control ciudadano.

Es más generalmente urgente romperse con el modelo neoliberal y comprometer a las sociedades latinoamericanas en la vía de un método de desarrollo alternativo.

Lo Imposible de Encontrar Alternativa

Se suscribe fácilmente a los argumentos de Castañeda en cuanto a la existencia de una alternativa al modelo neoliberal, ilustrado por la experiencia de Japón, Corea del Sur y otros países de Sudeste asiático. Renovado un intervencionismo, procurando estimular y coordinar la producción industrial, constituye un componente esencial y seguramente viable de una alternativa al modelo neoliberal.

Se lo sigue más prudentemente tan él se destaca las virtudes de las “socialdemocracias” europeas que supieron preservar, a pesar de la crisis, una determinada cohesión social. Se apresurará añadir: ¿¿hasta cuándo? El defecto de los argumentos del autor en este ámbito consiste seguramente en buscar “modelos” existentes y en pretender transponerlos a los países latinoamericanos. Con respecto a las estrategias de promociones de las exportaciones, numerosos economistas son escépticos en cuanto a su generalización en el conjunto de los países en desarrollo, aunque la intensificación de los intercambios entre los países del Sur, favorecida por la firma de Tratados de libre comercio entre estos mismos países, sea una señal alentadora. Y por lo que se refiere a los países europeos, el autor tiende a silenciar la gravedad de la crisis que sufren.

Castañeda, preocupado de no dejar ningún detalle al azar, propone también soluciones al problema de la financiación de los gastos sociales que le parece urgente comprometer. Sus exhortaciones a una reforma de la fiscalidad, a una reducción del peso de la deuda, al cual se suscribe de nuevo, se choca sin embargo con el obstáculo último: sin la llegada de un acuerdo internacional relativo a los impuestos de los capitales y el problema de la deuda, hay poco que esperar.

El autor es, por lo demás, perfectamente consciente. Si los países latinoamericanos no llegan a encontrar el medio de ejercer presión o simplemente de influir sobre las decisiones de su gran vecino del Norte, sus márgenes de maniobra seguirán siendo estrechos. Hay bien el “boomerang de la deuda”, según la expresión de Susan George, que juega al máximo para México, pero para otros…

Castañeda hace hincapié sin embargo en el carácter decisivo de un cambio de la actitud de la izquierda frente a los Estados Unidos: este último aprendió ya no dar este país por monolítico deliberadamente hostil a todo proyecto de cambio social en América Latina, pero por una sociedad pluralista proveída de mecanismos democráticos complejos, que puede en algunas circunstancias volver a su ventaja. Tanto la “sociedad civil” como los partidos políticos hacen en adelante campaña al norte de Río Grande, con el fin de conquistar apoyos y constituir grupos de presión que actúa para defender sus intereses. Así el apoyo de numerosos parlamentarios Demócratas se reveló decisivo para que la Alianza cívica mexicana pudiera supervisar sin entorpezca las elecciones del 21 de agosto pasado.

La esperanza para América Latina reside pues en la capacidad de la izquierda para constituir extensas alianzas con movimientos y organizaciones norte- americanas susceptibles de influir sobre las decisiones de la Casa-Blanco. La izquierda debe hacer la política en Washington, sin Estados de alma y sin ilusiones. Es urgente, insiste Castañeda, para la izquierda de aprender a moverse en el contexto de la posguerra fría y la globalización económica.

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