Reconciliación: Más allá del perdón y el olvido
Benjamín Cardona Arango
Director territorial de Conciudadanía en El Oriente Antioqueño
benjamincardona@conciudadania.org
Cuando se habla de reconciliación, hay quienes piensan es fruto del perdón y olvido, argumentando que es necesario “doblar la página” para dar paso a reconstrucción de las relaciones sociales, mientras que otros la ven como resultado de la justicia, la verdad y la reparación, en donde la consigna de “¡No olvido!” es fundamental para no repetir la historia.
Por el lado del perdón, que tiene una fuerte dimensión personal, es una actitud propia de quienes han conseguido sanarse de sus sentimientos de odio y tienen una motivación superior, que bien puede verse como un mandato moral (“ama a tus enemigos”, “perdónanos como nosotros perdonamos”) o como un imperativo ético (“la prevalencia del interés general”, “la paz como un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”). Se pide perdón y se concede el perdón cuando se conquista la capacidad de hacerlo. No toda persona lo logra, por eso es como un don o el logro de un esfuerzo casi sobrehumano.
Mientras la reconciliación se refiere más a un proceso social desencadenado a partir del momento cuando una sociedad reconoce equivocaciones en el camino tomado, que la violencia no traerá la paz y que tiene costos humanos inaceptables, aceptando la necesidad de trabajar por la transición desde unas condiciones que propiciaron el resquebrajamiento del tejido social, la pérdida de confianza en sus instituciones y entre las personas, hacia unas nuevas donde la vida digna sea posible en igualdad de de condiciones, sin excluir a nadie, en la totalidad de nuestro territorio, como proponía el inmolado gobernador Guillermo Gaviria Correa, cuando afirmaba que sí hay un camino: La no violencia!
En este sentido, la reconciliación es un proceso de largo aliento que no comienza con un abrazo sino con la adopción de un horizonte de futuro. La sociedad, asqueada de una violencia prolongada y degradada, renuncia al exterminio de los adversarios y opta por un horizonte de reconciliación. Como un faro, puede estar en el horizonte, pero ilumina el camino desde el aquí y ahora, desde el punto en donde nos encontramos.
La opción por un horizonte de reconciliación nos permite ver en los adversarios (para no llamarlos enemigos) lo que hay en ellos de humanidad. La reconciliación, vista así, sólo es posible entre seres humanos que reconocen la dignidad del otro. Para eso hay que deconstruir la imagen de enemigo. En efecto, para ejercer la violencia sobre otra persona se necesita tener un arma, construida por otros, pero además se necesita construir una imagen de enemigo, posible sólo desde cada persona. Quien ejerce la violencia se siente bueno y considera al otro como malo, que debe ser encerrado o eliminado para salvar a la humanidad.
Para dar el paso hacia la reconciliación es fundamental reconocer en el otro su dignidad humana. Por eso Gandhi decía que no se trata de ganar al enemigo sino de ganárselo. Y Abraham Lincoln consideraba que la mejor forma de eliminar un enemigo es eliminar su enemistad.
Así, mientras el perdón y el olvido conciernen más a actitudes personales, el sujeto fundamental de la reconciliación es la sociedad. Por eso la decisión de transición debe ser con todas y todos: las instituciones, los gremios, las iglesias, las víctimas, las personas que renuncian a las armas, las que le apostaron a la guerra pagándola, apoyándola, haciéndola, y las que la sufrieron injustamente. Quienes estuvieron por la guerra deben descubrir y reconocer su fatal error y trabajar para reparar los daños causados. Las víctimas deben contribuir dando testimonio a los victimarios de las consecuencias horrendas de su despropósito para entender que el fin no justifica los medios. Y la sociedad en su conjunto, debe unirse para reclamar a una sola voz:
¡NO MÁS, NADIE MÁS, NUNCA MÁS!
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