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Martes, 25 Septiembre 2018 20:08

Por la Memoria "Para reparar a los vivos"

Por: Juan Alejandro Echeverry 

Enfoque de Oriente

 

Editorial

 

Pocas cosas tan cambiantes, tan subjetivas, como el pasado. Hacer memoria –mirar al pasado–duele, da ira, temor; genera polémicas, preguntas; acelera el corazón, lo dilata y lo encoge.

En países como el nuestro –si es que existe en Marte un país como el nuestro– “el pasado se agranda de golpe, ogro engullidor de vida, y el presente es un simple y delgadísimo umbral, una línea más allá de la cual no existe ya nada conocido”. La vida, o lo que queda de ella, es enterrada en un pasado perpetuo que nunca termina de pasar.

 

En un país cuyo pasado es un rompecabezas que le faltan partes, donde se han dejado de decir tantas cosas y las dichas se han dicho mal, la memoria se convierte en un campo en disputa. Y cada cual puja en esa disputa con sus intereses y sus subjetivas arbitrariedades. Hay quienes comercializan, trafi can y hacen dinero con el pasado ajeno –y lo hacen muy bien-. Otros hurgan en los rincones desconocidos, en las cicatrices más dolorosas, y descubren un poco de luz. Algunos otros tratan de adulterar la memoria, agotarla, o imponer una única forma de recordar. Están, también, los que buscan reconciliarse con su propio pasado, o los que juzgan el ayer con las convenciones del hoy. Y otros, otros… que hacen tantas otras cosas.

 

Nosotros sentimos la necesidad y la obligación de participar en esa disputa, la indiferencia también es una postura política. Por eso dedicamos esta edición de Enfoque de Oriente a la memoria del confl icto armado en el Oriente antioqueño. Es solo un retazo, un deseo de hacerle eco a todas esas memorias desperdigadas por el territorio, un diminuto instante inmenso en el vivir como diría Silvio, una pregunta sin resolver, una deuda con el Oriente y con nosotros, una interpretación legítima como tantas –como todas-, un simbólico homenaje, una declaración de principios, una palabra de aliento no pedida, un canto escrito a la vida, que también es, sin duda, un canto por los muertos que están vivos.

 

Tenemos nuestra propia forma de hacer memoria. Esta edición fue hecha para ser leída de atrás hacia adelante, tal como deberíamos hacerlo a diario: interrogar el pasado para interpretar el presente. Comienza a blanco y negro y termina a color porque el único antídoto contra el horror es la esperanza; porque la reconstrucción de los hechos ilumina el laberinto de preguntas que recorre a diario una víctima de este conflicto infame y perpetuo.

 

Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, entre el 1958 y el 2012, el conflicto armado ha causado la muerte de 218.094 personas, dejando un saldo de 8’731.105 víctimas reconocidas en el Registro Único de Víctimas (RUV). En 17 años de dictadura Augusto Pinochet desapareció a 3.200 chilenos; la dictadura militar desapareció a 40.000 argentinos; en Colombia perdimos el rastro de 86.000 personas, todas ellas desaparecidas en “democracia”. Las cifras son conceptos que importan por aquello que niegan. Aceptar una cifra exacta sería injurioso con todos esos muertos-desaparecidos que si no le importaron al Estado y a la sociedad cuando estaban vivos, mucho menos importaron cuando estaban muertos o desaparecidos.

 

A los muertos no los olvidamos, pero también pensamos en los vivos, en los que quedan. El dolor del muerto muere con él, nadie puede describirlo de forma fi dedigna. Pero el dolor del vivo –de la viuda, del huérfanoqueda vivo para siempre. El dolor es un lenguaje anterior a las palabras y a la gramática que no puede compartirse ni materializarse, pero intentarlo puede ser terapéutico. Esta edición es eso: un intento de reparar a los vivos.

 

 

Lee la edición completa:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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