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Viernes, 02 Octubre 2020 16:20

Miedo a decir verdades: columna de opinión

César Orozco, asesor territorial Corporación Conciudadanía

 

La situación actual del país despierta indignación en unos y otros: por un lado, están los/as que señalan a quienes hacen daño en los bienes materiales como vándalos, y de otro lado, la rabia de quienes no soportamos la acción de la Policía hasta el extremo de la muerte de ciudadanos/as desarmados, Vale la pena observar algunas raíces, detonantes y agravantes de esta tensión.


Para quienes trabajamos en el sector social y a diario e históricamente constatamos las actuaciones de la criminalidad en todos los frentes, las injusticias de un Estado ausente, pero especialmente la repetición incesante desde el pasado, sin evidenciar soluciones reales y definitivas, se hace muy difícil de comprender las respuestas, adjetivos y opiniones de una parte de la sociedad frente a estos estallidos de violencia.


Y estas molestias se dan desde los círculos más cercanos de nuestro entorno hasta las manifestaciones públicas, a través de diferentes formas y medios. Provocan dolor desde el comedor familiar, pasando por la tienda de la esquina, los amigos y amigas y los noticieros nacionales.


Este dolor se iguala a nuestra indignación frente a los abusos del poder, despertando rabias que no se justifican, cuando nos detenemos a profundizar el porqué de apreciaciones ligeras y juicios descontextualizados, aún en aquellas y aquellos de quienes, por el privilegio del acceso a la educación superior y una vida cómoda, se esperaría una observación más formada, informada y empática frente a ciertas realidades.


Y nos preguntamos ¿de dónde obtienen esa apreciación tan desinformada y mediática?, es comprensible que alguien que poco se ocupa por el devenir del país, carece de interés por la formación y día a día es ajeno a ciertos asuntos del acontecer histórico y el detrás de los hechos, asuma lugares especulativos.


Pese a gozar de una oferta comunicativa numerosa y diversa, la fuente de la que bebe la información y “formación” buena parte de nuestra sociedad colombiana es muy limitada, entonces aparece otra pregunta, qué y cómo se describe nuestro diario vivir y hechos como los que actualmente se presentan en las calles por parte de los informadores.


La reflexión, apreciación y opinión son elementos que deben derivar de la cadena analítica que sugiere que “de una pregunta viene otra pregunta” para excavar en los porqués de estas situaciones.


Pero cuando miramos el lenguaje, las formas, la presentación de los hechos que hacen algunos medios de comunicación de uso y “consulta” general de nuestras y nuestros ciudadanos, hallamos el fatal resultado del enmascaramiento de las realidades del país, la ausencia de un sentido crítico de la historia y la invisibilización del abandono histórico de millones de colombianos. Un acumulado que poco o nada entra en las expresiones informativas y descriptivas de estos.


Lo anterior con la crucifixión de algunos sectores de la sociedad sobre el periodista inquieto, indagador, crítico, señalado como criminal por poner en su pluma, su micrófono o su cámara la lectura profunda de una realidad ignorada.


Frente a un hecho como un asesinato público por parte de una institución del Estado que no se ha posicionado realmente como un aliado ciudadano, ¿qué se puede esperar de buena parte de la juventud agobiada por una historia de abandono, carencias y frustraciones, un no futuro en pleno siglo XXI, expresado sin un lugar en una universidad, pero con un entorno de oportunidades vinculadas a grupos armados irregulares, tráfico y otras formas de delincuencia como acceso a una fuente de ingresos?


La respuesta es simple e inmediata: un estallido social, que supera la simple mirada violencia – no violencia, para entrar en el campo de la tensión injusticia estructural - resistencia.


Una explosión social es apenas el resultado evidente a la presunción del “todo está bien” del Ejecutivo o del lugar seguro de los medios que omiten otras formas de violencia, señalan y estigmatizan la potencia política de los cuerpos (Laura Quintana), donde la experiencia del dolor se convierte en consciencia de justicia. ¿A qué verdad temen los medios?

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