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El cuidado de la vida para construir cambios culturales para la Paz

Desde hace un tiempo la Línea de Paz y Reconciliación de la Corporación Conciudadanía, se viene preguntando sobre cuál es la estrategia pedagógica, el paradigma o la forma de encaminar los procesos.

Marcela Gallego, asesora de la Línea Paz y Reconciliación en Conciudadanía.


El cuidado asume una doble función de prevención

de daños futuros y regeneración de daños pasados.

Bernardo Toro.

Desde hace un tiempo la Línea de Paz y Reconciliación de la Corporación Conciudadanía, se viene preguntando sobre cuál es la estrategia pedagógica, el paradigma o la forma de encaminar los procesos, que ayuden a configurar una transformación radical en la ciudadanía con la que trabajamos. Sentimos que tienen una gran capacidad para expresar sentimientos de solidaridad y compasión ante las situaciones que comprometen los derechos de la gente, de la naturaleza, ante las víctimas y ante todo tipo de violencias; sin embargo, apreciamos, que muchas veces esto queda en un ámbito académico o emotivo, que no tiene repercusiones sobre su manera de ser en su vida cotidiana. Hay muy buenos discursos que alimentan discusiones y reflexiones en los territorios, pero no siempre transforma su modo de pensar para generar cambios en su modo de actuar y desarrollar actitudes más proclives a la paz y la reconciliación. Por ello, desde el equipo se ha querido buscar un hilo que teja e inspire las acciones, que permita crear una reflexión constante sobre las actitudes que luego se traduzcan en una forma de ser ciudadanas. Por eso. la elección de este concepto es una preocupación ética y política, que tiene todo que ver con el trabajo que impulsa Conciudadanía, pues pensamos que la forma de volver concretos los cambios culturales para la paz implica un cambio de actitudes en la vida cotidiana individual y colectiva.


Partimos de reconocer que actualmente el paradigma venimos incorporando como sociedad y que ha sido promovido desde diferentes estructuras sociales, enfatiza el individualismo, la transformación de la naturaleza y de las relaciones sociales en mercancías y servicios, subyugando todo al mercado y a la centralidad de la propiedad privada. Este modelo no es compatible con el sueño y la necesidad de una vida digna; la existencia humana, tal y como la conocemos hasta ahora, producto de esta forma de relación, está destruyendo nuestros ecosistemas, sometiéndonos a guerras, insatisfacciones, angustias, amenazas de hambrunas y otros peligros inminentes, que hace necesario girar hacia un paradigma biocéntrico que ponga el cuidado de la vida en el centro.


El cuidado es “una actividad característica de la especie humana que incluye todo lo que hacemos para mantener, continuar o reparar nuestro ‘mundo’, de tal manera que podamos vivir en él lo mejor posible. Este mundo incluye nuestros cuerpos, nuestras relaciones y nuestro entorno, que buscamos tejer juntos en una red compleja que sostiene la vida1. Esta es una mirada que supera la visión antropocéntrica que aún persiste y que naturaliza comportamientos y acciones de destrucción del otro y de la naturaleza, al considerarlos como medio para nuestro bienestar y no como fin.


Los feminismos han tenido un rol fundamental en esta reflexión, develando el cuidado desde diversas dimensiones: como trabajo, ética y paradigma. De esta manera no solo han visibilizado las tareas del cuidado asumidas históricamente por las mujeres, revelando lo que significan estas labores en el mantenimiento de la economía, sino que han evidenciado que el cuidado debe ser asumido como ética, que nos lance a pensar modos alternativos de relacionarnos y construir otras formas de organizar nuestras sociedades, poniendo el cuidado, no como un rasgo de género, sino como un asunto de humanidad.


Nuestras sociedades se han organizado con instituciones, normas, leyes, etc., que propenden por una ética de la justicia para construir una vida digna. No obstante, el ser humano y la sociedad no sólo necesitan normas, instituciones, leyes y procedimientos justos, necesita también desarrollar actitudes, aptitudes y hábitos que mantengan la vida y que respondan a virtudes como la solidaridad y la cooperación para aprender a tramitar los conflictos propios de la convivencia en la vida cotidiana para que no escalen y se conviertan en conflictos intratables. La materialización de estas habilidades es, en últimas, la concreción de la reconciliación tanto con el/la otro/a como con lo otro (la naturaleza) y más aún, la reconciliación con aquello que podemos ser como especie en tanto cuidadores de la vida. La norma habla en general, pero cuando se trata del cuidado existe un individuo, un nosotros, una situación, la naturaleza, la propia vida, en fin, un sujeto/a concreto al cual dirigir el cuidado.


Esto implica una forma ser, una acción, es decir una postura activa frente a sí mismo, al otro y a lo que nos rodea, una manera de vincularnos, de relacionarnos con nosotros mismos para luego salir de sí mismos y ocuparnos de todos y de todo, lo cual implica un importante sentido comunitario.


No es cierto que la vida existe gracias a la competencia, la vida tal y como la conocemos hoy ha sido posible por el cuidado y no por la lucha por la supervivencia y la competencia, ha sido más bien la cooperación y la coexistencia lo que ha favorecido la continuidad. La vulnerabilidad y la dependencia con la que llegamos a la vida requiere de acciones de cuidado que se postergan en los humanos más que en cualquiera de los demás mamíferos. Y luego, a lo largo de la vida, aparecen circunstancias en las cuales volvemos a ser dependientes por algún tiempo o de manera permanente, de esta manera vulnerabilidad y cuidado están en el centro de lo que constituye al ser humano.


Entender esto contribuye a desmontar la idea de un sujeto aislado, independiente, que no depende de nada ni de nadie, desprovisto de afectos y de relaciones. El cuidado abona a la noción de un sujeto que sustenta su vida y la de los demás en interdependencia, tanto de otros como de la naturaleza de la que es parte. Implica reconocer que el ser humano, en su totalidad, es un ser necesitado, interdependiente y eco-dependiente, finito y vulnerable. Esto además implica reconocer que el cuidado sea una tarea esencialmente colectiva.


La cultura patriarcal y los valores que esta promueve hace que lo masculino no haya hecho suyo esta virtud, por ser considerado el cuidado exclusivo de lo femenino y por tanto un asunto sin carácter político y sin un lugar en la vida pública, espacio que está lleno de luchas, confrontaciones, ganadores y perdedores; de la misma manera en la lógica de la guerra que ha sido un espacio masculino, el cuidado está más que excluido.


En nuestra cultura se valoran actitudes heroicas como la ausencia de miedo a la muerte, el arriesgar la vida por una idea, por la patria, por una ideología, valores que conducen a la muerte o a la guerra para desatarla o perpetuarla y, en este contexto, comporta lo dicotómico héroe vs perdedor. Sin embargo, las virtudes cotidianas que promueve el cuidado convocan a todos y a todas, implican entrega, cuidado, responsabilidades familiares y colectivas, no por una idea abstracta sino por cosas concretas; de esta manera se opone a la visión heroica y consiste en dedicar tiempo y energía para cuidarlo todo.


El cuidado implica diversas dimensiones: personal, social y pública, podría incluirse además una dimensión íntima, trascendente que alimenta a las demás dimensiones:

En lo personal: no es posible pensar en cambios de conductas y actitudes en la vida cotidiana que no pase antes por lo subjetivo, allí es donde se gestan todos los cambios políticos, económicos, psicosociales. Ninguna transformación perdurable en lo social es posible sino pasa por la pregunta por el sujeto, por sus elecciones, por sus valores, allí están en juego las condiciones subjetivas que nos permiten transformarnos en actores de paz.


En lo relacional: la vida para que exista se mantiene en constante interacción con todos los elementos que la hacen posible, así mismo nuestra existencia cobra sentido por las interacciones de las vidas de las que somos parte; construimos nuestra identidad en relación a otros/as, las características individuales básicas de la naturaleza humana sólo se despliegan en la convivencia con otros, a través de la vida en sociedad.


Desde que llegamos al mundo estamos inscritas en espacios colectivos y estos hacen posible el despliegue o no de nuestras potencialidades; el primero de ellos es la familia, por ello es necesario el cuidado de esos espacios significativos, pero también de los espacios macro que nos contienen en los que se proyecta las acciones más terribles y virtuosas de las que somos capaces los seres humanos, allí es donde se expresan también las desigualdades más tremendas que nos separan y que implica, de parte de quienes trabajan por el cuidado de la vida, hacerlas consientes, considerarlas para buscar formas de desnaturalizarlas con el fin de transformarlas para hacer posible la construcción de una vida con dignidad. Esto implica hacernos corresponsables del destino de los demás y no solo de los seres humanos, implica reconocer que los derechos también se extienden a otras formas de vida, especialmente de la naturaleza, comprendiéndola como un organismo vivo con derechos, que no está para nuestro aprovechamiento y que, de la construcción de una relación de cuidado y respeto con ella, depende la existencia.


En lo Público: implica asumir las responsabilidades que como ciudadanos nos atañen, aceptar que lo público nos pertenece, sabiéndonos sus mayores defensores, cumplir las normas, velando para que los contratos sociales se mantengan como punto de referencia en los conflictos de intereses. Cuidar las relaciones es mediar para que los conflictos no se acrecienten, favorecer la participación y los consensos es una forma sencilla de hilar en lo cotidiano el tejido de la convivencia. Construir una vida con dignidad implica pues, un cambio en la forma de pensar y de actuar, implica además seguir cuidando la democracia y la participación como expresión de esta, la memoria como bien público y la pedagogía para cambiar nuestro rumbo como sociedad. “La ética de la responsabilidad, que está relacionada con el cuidado, brota de una conciencia de interconexión, es decir, del sentimiento de que aquello que uno hace puede modificar la realidad que le rodea, que somos responsables de lo que ocurre a nuestro alrededor y tenemos siempre un margen de capacidad de transformación. El cuidado, con sus atributos de responsabilidad y de sentimiento de interconexión, es un elemento fundamental en un sistema democrático participativo”2.


Todo lo anterior se podría recoger en una palabra que las feministas usan desde hace algún tiempo, quienes dicen que cambiar la mentalidad ha de pasar muchas veces por cambiar el lenguaje, con el fin de abrirse a nuevas comprensiones. Esta nueva palabra es la cuidadanía, la cual invita a plantear los derechos de la ciudadanía desde una lógica nueva y distinta, donde los seres humanos se reconozcan como sujetos interdependientes en lugar de individuos autónomos, cuando para la libertad de unos se precisan los constantes cuidados de otras. La cuidadanía, invita a no ser indiferentes frente a las realidades de nuestro contexto, a tener conciencia de la interdependencia, a valorar el dar y a cuestionar los valores de acaparamiento, consumismo, aislamiento y preocupación por lo propio, lo cual lleva a la desintegración de la comunidad, del Planeta, de la vida misma.


De allí que podríamos concluir que la democracia, como estructura normativa e institucional, es insuficiente para garantizar la vida digna puesto que entiende al ciudadano como usuario. Sin embargo, la ciudadanía que incorpora el cuidado de la vida como constructo ético y político de su accionar, es decir la cuidadanía, se convierte en el actor que dota de contenido la estructura democrática y por ende su realización sustancial. No es posible una democracia que garantice que los derechos sean hechos sin una ciudadanía cuidadora de la vida.


Es importante resaltar también que tanto la ética del cuidado como la teoría de la Noviolencia comparten las mismas premisas: la regulación pacífica de los conflictos y la acción ciudadana, por tanto, la educación para el cuidado es un elemento principal en la construcción de una cultura de paz. Además, tanto el cuidado de la vida como la Noviolencia parten de la necesidad de la transformación de lo cercano, a través de las acciones cotidianas en los diferentes ámbitos de interacción en los que participamos. Ambas buscan la perseverancia, pues para que la paz se vuelva un hábito necesita de acciones cotidianas y no de actos esporádicos.


Es esto lo que queremos promover en la Línea de Paz y Reconciliación, favorecer actos cotidianos individuales y colectivos, que se vuelvan hábitos de vida entre nuestros actores de cambio, que cuestionen formas de pensamiento y principios aprendidos que no han favorecido el cuidado de la vida y que construyan actitudes y aptitudes proclives a una cultura de paz y reconciliación.


Bibliografía

  • Leonardo Boff: El Cuidado Esencial. https://redmovimientos.mx/wp-content/uploads/2020/07/El-Cuidado-Esencial-Boff.pdf
  • Silva Rivera, José Alberto. Habitarnos en cuidadanía trayectar al infinito. El cuidado como categoría ética angular. Revista la Saye. 2022-01-20.
  • Vásquez Fernando. Cuidar de si para cuidar a otros. https://santillanaplus.com.co/Fernando-Vasquez-Ruta-Maestra-Ed28.pdf
  • Begoña Marugán Pintos. La cuidadanía como eje de un nuevo pacto constituyente. Universidad Carlos III de Madrid
  • José Alberto Silva Rivera Universidad de La Salle, Bogotá, jsilva@unisalle.edu.co
  • https://www.efeverde.com/noticias/ecofeminismo-movimiento-mujer-cuidado-naturaleza/
  • Video: Bernardo Toro, La Ética del Cuidado: https://www.youtube.com/watch?v=2AFHtL2TjNQ
  • https://www.researchgate.net/publication/329180581_Camps_V_1998_El_siglo_de_las_mujeres_Madrid_Ediciones_Catedra_Instituto_de_la_Mujer.
  • David Barkin y Antonio Elizalde. Hacia la construcción de un nuevo paradigma social. https://journals.openedition.org/polis/8398?lang=en

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